Si la muerte es tan temible y poderosa como dicen ¿por qué recorro sin aflicción y pena esta sala? Si una siesta causa placer, de su holgado hechizo sólo se podrían extraer cosas serenas. «Nadie murió en el Báltico», decía mi padre, «porque nadie muere sirviendo a la patria». ¿Cómo no defender entonces esta tierra? Si aquí he visto madurar las uvas con la fuerza de los mundos. Vi a los tordos empujar hacia el Sur y a los caballos sueltos en la llanura; vi mi rostro en el estanque y vi una luna en el estanque; oí a mi hermana llorar por las noches y el mantra de los grillos; escuché respiración; vi el mapa hundirse en la sombra junto al reloj —casi detenido— a las ocho. Sentí la textura rugosa de estas paredes y la ligereza del mármol; sentí el aroma del jazmín entrando por la ventana y el olor de mujer saliendo del baño. Aquí vi morir a mi madre; recta y tiesa como un sable dejó de toser. Recuerdo muy bien esa mañana. De hecho, recuerdo todas las mañanas; recuerdo a Zizé, cuando llegó negra y moribunda a trabajar a la finca; lavando el pollo y las monturas; yendo al río; a un costado del horno y siendo vigilada por José, mi tío.
