14 dic 2023

Isidoro Valiente, por Leoncio




Si la muerte es tan temible y poderosa como dicen ¿por qué recorro sin aflicción y pena esta sala? Si una siesta causa placer, de su holgado hechizo sólo se podrían extraer cosas serenas. «Nadie murió en el Báltico», decía mi padre, «porque nadie muere sirviendo a la patria». ¿Cómo no defender entonces esta tierra? Si aquí he visto madurar las uvas con la fuerza de los mundos. Vi a los tordos empujar hacia el Sur y a los caballos sueltos en la llanura; vi mi rostro en el estanque y vi una luna en el estanque; oí a mi hermana llorar por las noches y el mantra de los grillos; escuché respiración; vi el mapa hundirse en la sombra junto al reloj —casi detenido— a las ocho. Sentí la textura rugosa de estas paredes y la ligereza del mármol; sentí el aroma del jazmín entrando por la ventana y el olor de mujer saliendo del baño. Aquí vi morir a mi madre; recta y tiesa como un sable dejó de toser. Recuerdo muy bien esa mañana. De hecho, recuerdo todas las mañanas; recuerdo a Zizé, cuando llegó negra y moribunda a trabajar a la finca; lavando el pollo y las monturas; yendo al río; a un costado del horno y siendo vigilada por José, mi tío.

Yo, de Jorge Luis Borges

       La calavera, el corazón secreto, los caminos de sangre que no veo, los túneles del sueño, ese Proteo, las vísceras, la nuca, el esque...