Tigres azules
20 oct 2025
Yo, de Jorge Luis Borges
9 ago 2025
25 mar 2025
Nadie, sino yo, hablo conmigo y mi voz llega como la de un moribundo. Déjame tratarte sólo una hora, voz amada, el último hálito del recuerdo de toda felicidad humana; a través de ti engaño mi soledad y me adentro en la mentira de una multiplicidad y de un amor, pues mi corazón se resiste a creer que el amor haya muerto, no soporta el establecimiento de las más solas de las soledades y me obliga a hablar como si yo fuera dos.
Friedrich Nietzsche - "El libro del filósofo"
24 mar 2025
Portales
A veces te decido ver
Otras no tanto
Sueño a sueño ropa distinta
Volvemos a espejarnos
Voy despertando y te has ido
Hay espejismos en mi piel
Tocas mi mano
La mañana yace distinta
Busco entre los portales
Voy despertando y te has ido
Nubes de palabras
Despertar siendo una esfera
Amanece y es distinto el espejismo
Tuve suerte de encontrarte en este mundo
Voy despertando y te has ido
9 feb 2025
קָטָן
Tú eres como las palomas,soncollay
Que bajan a beber agua,
Tú eres como las palomas,soncollay
Que bajan a beber agua,
Después de beber el agua,soncollay
Alzan el vuelo y se van,
Después de beber el agua,soncollay
Alzan el vuelo y se van.
Yo te quise con el alma,soncollay
Tú no has sabido quererme,
Yo te quise con el alma,soncollay
Tú no has sabido quererme,
El amor que yo te tuve,soncollay
Conforme vino y se fue,
El amor que yo te tuve,soncollay
Conforme vino y se fue.
Corazón corazón pobrecito mí corazón
Tú nomás tienes la culpa corazón
De haberla querido tanto corazón.
Corazón corazón pobrecito mí corazón
Tú nomás tienes la culpa corazón
De haberla querido tanto corazón.
De que color es la muerte, soncollay
Pa' no mirarla de frente,
De que color es la muerte, soncollay
Pa' no mirarla de frente,
Si es negra como mi suerte, soncollay
Mejor me muero y me voy,
Si es negra como mi suerte, soncollay
Mejor me muero y me voy.
Corazón corazón pobrecito mí corazón
Tú nomás tienes la culpa corazón
De haberla querido tanto corazón.
Corazón corazón pobrecito mí corazón
Tú nomás tienes la culpa corazón
De haberla querido tanto corazón.
28 dic 2024
Primer cuento: Incompleto
Isidoro Valiente
(Juan Pablo Leoncio)
«¿Pero dónde se hallará la sabiduría?
¿Dónde está el lugar de la inteligencia?
No conoce su valor el hombre, ni se halla en la tierra de
los vivientes»
Job 28:12-13
En junio de 1946, el Regimiento de Infantería notificó la pérdida del batallón Tercero, consignando oficialmente el fallecimiento de 804 personas. Pero la cifra es inexacta. El número desciende a 802. Porque se incluyó erróneamente a Emiliano Ramírez Chacón en los informes; un soldado que ya había sido declarado muerto en la Costa Este. Y porque según testigos vieron morir al Sargento Aguirre: «Lo volaron. No quedó nada». Pero lo cierto es que Aguirre huyó al Perú; se escondió en el vagón de las conservas, superando —con humillación secreta— todas las inspecciones.
Cuatro meses más tarde una misiva resonó en todo el Norte, convocando a «todo varón mayor de 18 años» a unirse a la guerra.
Si la muerte es tan temible y poderosa como dicen ¿por qué recorro sin aflicción y pena esta sala? Si una siesta causa placer, de su holgado hechizo sólo se podrían extraer cosas serenas. «Nadie murió en el Báltico», decía mi padre, «porque nadie muere sirviendo a la patria». ¿Cómo no defender entonces esta tierra? Si aquí he visto madurar las uvas con la fuerza de los mundos. Vi a los tordos empujar hacia el Sur y a los caballos sueltos en la llanura; vi mi rostro en el estanque y vi lo que parecía una luna en el estanque. Oí a mi hermana llorar por las noches y el potente mantra de los grillos. Escuché mi respiración. Y vi el mapa hundirse en la sombra junto al reloj —casi detenido— a las ocho.
Sentí la textura rugosa de estas paredes y la ligereza del mármol; sentí el aroma del jazmín entrando por la ventana y el olor a mujer saliendo del baño. Aquí vi morir a mi madre; recta y tiesa como un sable dejó de toser. Recuerdo muy bien esa mañana. De hecho, recuerdo todas las mañanas. Recuerdo a Zizé, cuando llegó negra y moribunda a trabajar a la finca; lavando el pollo y las monturas; yendo al río; a un costado del horno siendo muy vigilada por mi tío.
Como patriota, mi compromiso con la guerra es tan grande y fuerte como mi amor por las naciones: ninguno. Voy a la guerra porque no se me puede adjudicar ningún nacionalismo ferviente. No me veo como alguien dispuesto a morir por la bandera, los símbolos o el idioma. Mi motivación radica en la imposibilidad de defender aquello que desconozco, y mi lealtad —para nada ciega— es la comprensión de mis propias fuerzas. El Escudo de Armas ondea firme en casas lejanas, pero para mí, el mejor argumento reside en la tierra que piso. ¿Por qué habría de comprometerme en la defensa del río Duinar y los Montes Amarillos? Esas tierras me resultan tan ajenas como propias de otros. Aquellos que sacrifican sus vidas por esas causas lo hacen movidos por una adicción al misterio o un grado antinatural de pertenencia. Ahora bien, nadie con siglos de trabajo en la sangre podría aseverar que de la materia no se pueden extraer conclusiones espirituales. Las hortalizas aquí son frescas porque hay un amor profundo y liviano hacia ellas que luego salta al ganado para terminar nuevamente en nosotros. Por eso digo: «Yo, Isidoro Valiente, soy fuerte e irrepetible, tan irrepetible como el canto del gallo. De este gallo y su maíz». Pero estoy convencido de que la de mayor perversión de la conciencia es el incremento absurdo de la mística. El animal vigoroso y bello debe morir primero, y con el árbol frondoso y querido se deben hervir las papas o sobrevivir al invierno. Por eso voy a la guerra, porque mi defensa no conlleva tan sólo el sacrificio de lo amado, implica también la comprensión de todo aquello que muere por nuestra causa.
Desde hace tiempo sé que nunca podría relatar con absoluta franqueza los acontecimientos que moldearon mi vínculo con esta tierra. En mi memoria se esconden episodios demasiado extraños para compartir, tan silencioso y atroces que he preferido guardar, no por cobardía, sino por respeto a quienes dejaron su fuerza en la siembra, por deferencia hacia aquellos que aún creen en los frutos del esfuerzo y, sobre todo, por piedad hacia quienes un día deberán decidir si heredan (o no) lo que dejamos inconcluso.
Alguien responderá el llamado. Alguien —cuando yo no esté— recorrerá el jardín y entenderá el silencio de mis palabras; su sombra se perderá entre los naranjos y allí, en lo más hondo de lo perdido, hallará sus propias respuestas.
2 sept 2024
Así debería latir el corazón de todo aquel que se proclame digno de Ítaca, si es que aún queda algo del espíritu de Ulises en quienes caminan por sus tierras. No merecen el título de héroes quienes hablan de glorias pasadas y aceptan la quietud del olvido; aquellos que, resignados a su destino, se inclinan ante los dioses con falsa humildad, prefiriendo el arado del campesino a la espada del guerrero. Ítaca: los que menos te veneran son precisamente los que más han bebido de tu legado —la astucia de tus antiguos, la sangre de tus reyes—, y esta estirpe que ahora observa con pesar la decadencia de su linaje. Los altares y templos que alguna vez dominaron los parajes —ahora ruinas dispersas— enseñan que todo lo erigido por manos mortales sucumbe bajo el peso del tiempo; la esfinge volverá a ser desierto y las campanas regresarán a ser bronce. Todo es impermanente, salvo el espíritu de Ulises; la gloria que cantan los aedos es lo único que resiste la furia de los siglos.
Yo, de Jorge Luis Borges
La calavera, el corazón secreto, los caminos de sangre que no veo, los túneles del sueño, ese Proteo, las vísceras, la nuca, el esque...
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«Oh detente, bello instante», decía Goethe, a través de Fausto. Pienso en el intríngulis de paralizar aquello que es imperativamente móvil....




