Si gritara, ¿quién me oiría de entre los órdenes celestiales? E incluso suponiendo que alguno me apretara de repente junto a su corazón: su imponente presencia me haría desvanecer, pues lo hermoso no es otra cosa que el comienzo de lo terrible que aún somos capaces de soportar y si tanto lo admiramos es porque, en su calma, rehúsa destruirnos. Todo ángel es terrible. Y así me contengo yo pues, y sofoco el grito de ayuda que es mi oscuro sollozo. Ay, ¿a quién podemos recurrir entonces? No a los ángeles, no a los hombres, y los animales inteligentes notan ya que no nos sentimos confiados y en casa en el mundo de las palabras. Quizá nos quede junto a la ladera un árbol que contemplar cada día; nos queda el sendero de ayer y la fidelidad caprichosa de una costumbre que nos tomó aprecio y así permaneció y no se fue.
Reiner María Rilke - "Elegías del Dunio"

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