Como patriota, mi compromiso con la guerra es tan grande y fuerte como mi amor por las naciones: ninguno. Voy a la guerra porque no se me puede adjudicar ningún nacionalismo ferviente. No me veo como alguien dispuesto a morir por la bandera, los símbolos o el idioma. Mi motivación radica en la imposibilidad de defender aquello que desconozco, y mi lealtad —para nada ciega— es la comprensión de mis propias fuerzas. El Escudo de Armas ondea firme en casas lejanas, pero para mí, el mejor argumento reside en la tierra que piso. ¿Por qué habría de comprometerme en la defensa del río Duinar y los Montes Amarillos? Esas tierras me resultan tan ajenas como propias de otros. Aquellos que sacrifican sus vidas por esas causas lo hacen movidos por una adicción al misterio o por un grado antinatural de pertenencia. Otro error de la conciencia es suponer que de la materia no se pueden obtener conclusiones espirituales. Las hortalizas aquí son frescas porque hay un amor profundo y liviano hacia ellas que luego salta al ganado para terminar nuevamente en nosotros. Por eso digo: «Yo, Isidoro Valiente, soy fuerte e irrepetible, tan irrepetible como el canto del gallo. De este gallo y su maíz». Pero estoy seguro que la mayor perversión de la conciencia es sin duda el aumento absurdo de esta mística. El animal vigoroso y bello debe morir primero, y con el árbol frondoso y querido se deben hervir las papas y sobrevivir al invierno. Por eso voy a la guerra. Porque mi defensa no implica sólo el sacrificio de lo amado, sino también la comprensión de aquello que se ama y que dejamos partir.

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