25 jul 2024

La muerte de John Maxwell Fells


«Creo, porque me asusta

 menos la muerte

que la nada»

Francisco Barado, Coloquio entre el Ser y la Muerte

 


La epistemología señala que es menos importante saber, que saber que se sabe. Me pregunto entonces: ¿puede la consciencia afirmar la inconsciencia? Dormir, por ejemplo, inhabilita y nos obliga a examinar los sueños desde la vigilia; quien sueña con el rojo ignora que ese color es únicamente un recuerdo. Esta es la máxima refutación de Artemidoro, de los 12 papiros egipcios sobre el sueño, del estudio onírico de Broms, de todos los magos, monjes y fumadores de opio, del sueño de Jacob, y de Aristóteles y Demócrito. Es también el mayor obstáculo del coraje, porque no todos regresan del sueño; aquellos que lo consiguen no vuelven siendo más sabios.

El quince de octubre de 1953, murió John Maxwell Fells a los 99 años de edad. Murió ciego, postrado y solo, en la habitación 387 de la Residencia Helvade. El cuerpo fue descubierto casi por azar ocho días después, cuando una falla en la cañería principal inundó las habitaciones adyacentes, provocando una inspección total de las instalaciones. Para evitar el escándalo, se adulteraron los informes y se sobornó al personal; el tema se zanjó y Maxwell Fells pasó al olvido. Junto a él se encontró una versión en alemán de “Vidas paralelas” de Plutarco, la cuarta edición de “El corsario” de Kipling, y diluido en el agua, indescifrable, el manual de sexo árabe traducido por Burton.

Todos saben que las noches son largas, pero nadie sabe del milagro caótico que experimentó Maxwell antes de morir.

Luego de cuatro años de silencio, frío y oscuridad, vio —con los ojos cerrados— un incoherente punto de luz. Del punto emanó un rayo; del rayo surgió una delgada superficie, y esta se colmó en anchura y profundidad, consolidándose como un espacio. Todo era blanco, y lo blanco tenía la magnitud del universo. Para Maxwell, era el Universo. No lo inquietó el vacío, porque el espacio es la medida de los cuerpos, y el suyo era infinito precisamente para albergar infinitos cuerpos en él.






No hay comentarios:

Publicar un comentario

Yo, de Jorge Luis Borges

       La calavera, el corazón secreto, los caminos de sangre que no veo, los túneles del sueño, ese Proteo, las vísceras, la nuca, el esque...