9 feb 2025

קָטָן






Tú eres como las palomas,soncollay
Que bajan a beber agua,
Tú eres como las palomas,soncollay
Que bajan a beber agua,
Después de beber el agua,soncollay
Alzan el vuelo y se van,
Después de beber el agua,soncollay
Alzan el vuelo y se van.

Yo te quise con el alma,soncollay
Tú no has sabido quererme,
Yo te quise con el alma,soncollay
Tú no has sabido quererme,
El amor que yo te tuve,soncollay
Conforme vino y se fue,
El amor que yo te tuve,soncollay
Conforme vino y se fue.

Corazón corazón pobrecito mí corazón
Tú nomás tienes la culpa corazón
De haberla querido tanto corazón.
Corazón corazón pobrecito mí corazón
Tú nomás tienes la culpa corazón
De haberla querido tanto corazón.

De que color es la muerte, soncollay
Pa' no mirarla de frente,
De que color es la muerte, soncollay
Pa' no mirarla de frente,
Si es negra como mi suerte, soncollay
Mejor me muero y me voy,
Si es negra como mi suerte, soncollay
Mejor me muero y me voy.

Corazón corazón pobrecito mí corazón
Tú nomás tienes la culpa corazón
De haberla querido tanto corazón.

Corazón corazón pobrecito mí corazón
Tú nomás tienes la culpa corazón
De haberla querido tanto corazón.

28 dic 2024

Primer cuento: Incompleto



                          Isidoro Valiente

(Juan Pablo Leoncio)



«¿Pero dónde se hallará la sabiduría? 

¿Dónde está el lugar de la inteligencia? 

No conoce su valor el hombre, ni se halla en la tierra de 

los vivientes»

                                                                       Job 28:12-13 


En junio de 1946, el Regimiento de Infantería notificó la pérdida del batallón Tercero, consignando oficialmente el fallecimiento de 804 personas. Pero la cifra es inexacta. El número desciende a 802. Porque se incluyó erróneamente a Emiliano Ramírez Chacón en los informes; un soldado que ya había sido declarado muerto en la Costa Este. Y porque según testigos vieron morir al Sargento Aguirre: «Lo volaron. No quedó nada». Pero lo cierto es que Aguirre huyó al Perú; se escondió en el vagón de las conservas, superando —con humillación secreta— todas las inspecciones. 


Cuatro meses más tarde una misiva resonó en todo el Norte, convocando a «todo varón mayor de 18 años» a unirse a la guerra.


Si la muerte es tan temible y poderosa como dicen ¿por qué recorro sin aflicción y pena esta sala? Si una siesta causa placer, de su holgado hechizo sólo se podrían extraer cosas serenas. «Nadie murió en el Báltico», decía mi padre, «porque nadie muere sirviendo a la patria». ¿Cómo no defender entonces esta tierra? Si aquí he visto madurar las uvas con la fuerza de los mundos. Vi a los tordos empujar hacia el Sur y a los caballos sueltos en la llanura; vi mi rostro en el estanque y vi lo que parecía una luna en el estanque. Oí a mi hermana llorar por las noches y el potente mantra de los grillos. Escuché mi respiración. Y vi el mapa hundirse en la sombra junto al reloj —casi detenido— a las ocho.

Sentí la textura rugosa de estas paredes y la ligereza del mármol; sentí el aroma del jazmín entrando por la ventana y el olor a mujer saliendo del baño. Aquí vi morir a mi madre; recta y tiesa como un sable dejó de toser. Recuerdo muy bien esa mañana. De hecho, recuerdo todas las mañanas. Recuerdo a Zizé, cuando llegó negra y moribunda a trabajar a la finca; lavando el pollo y las monturas; yendo al río; a un costado del horno siendo muy vigilada por mi tío.

Como patriota, mi compromiso con la guerra es tan grande y fuerte como mi amor por las naciones: ninguno. Voy a la guerra porque no se me puede adjudicar ningún nacionalismo ferviente. No me veo como alguien dispuesto a morir por la bandera, los símbolos o el idioma. Mi motivación radica en la imposibilidad de defender aquello que desconozco, y mi lealtad —para nada ciega— es la comprensión de mis propias fuerzas. El Escudo de Armas ondea firme en casas lejanas, pero para mí, el mejor argumento reside en la tierra que piso. ¿Por qué habría de comprometerme en la defensa del río Duinar y los Montes Amarillos? Esas tierras me resultan tan ajenas como propias de otros. Aquellos que sacrifican sus vidas por esas causas lo hacen movidos por una adicción al misterio o un grado antinatural de pertenencia. Ahora bien, nadie con siglos de trabajo en la sangre podría aseverar que de la materia no se pueden extraer conclusiones espirituales. Las hortalizas aquí son frescas porque hay un amor profundo y liviano hacia ellas que luego salta al ganado para terminar nuevamente en nosotros. Por eso digo: «Yo, Isidoro Valiente, soy fuerte e irrepetible, tan irrepetible como el canto del gallo. De este gallo y su maíz». Pero estoy convencido de que la de mayor perversión de la conciencia es el incremento absurdo de la mística. El animal vigoroso y bello debe morir primero, y con el árbol frondoso y querido se deben hervir las papas o sobrevivir al invierno. Por eso voy a la guerra, porque mi defensa no conlleva tan sólo el sacrificio de lo amado, implica también la comprensión de todo aquello que muere por nuestra causa. 

Desde hace tiempo sé que nunca podría relatar con absoluta franqueza los acontecimientos que moldearon mi vínculo con esta tierra. En mi memoria se esconden episodios demasiado extraños para compartir, tan silencioso y atroces que he preferido guardar, no por cobardía, sino por respeto a quienes dejaron su fuerza en la siembra, por deferencia hacia aquellos que aún creen en los frutos del esfuerzo y, sobre todo, por piedad hacia quienes un día deberán decidir si heredan (o no) lo que dejamos inconcluso. 

Alguien responderá el llamado. Alguien —cuando yo no esté— recorrerá el jardín y entenderá el silencio de mis palabras; su sombra se perderá entre los naranjos y allí, en lo más hondo de lo perdido, hallará sus propias respuestas. 


2 sept 2024


 Así debería latir el corazón de todo aquel que se proclame digno de Ítaca, si es que aún queda algo del espíritu de Ulises en quienes caminan por sus tierras. No merecen el título de héroes quienes hablan de glorias pasadas y aceptan la quietud del olvido; aquellos que, resignados a su destino, se inclinan ante los dioses con falsa humildad, prefiriendo el arado del campesino a la espada del guerrero. Ítaca: los que menos te veneran son precisamente los que más han bebido de tu legado —la astucia de tus antiguos, la sangre de tus reyes—, y esta estirpe que ahora observa con pesar la decadencia de su linaje. Los altares y templos que alguna vez dominaron los parajes —ahora ruinas dispersas— enseñan que todo lo erigido por manos mortales sucumbe bajo el peso del tiempo; la esfinge volverá a ser desierto y las campanas regresarán a ser bronce. Todo es impermanente, salvo el espíritu de Ulises; la gloria que cantan los aedos es lo único que resiste la furia de los siglos.

25 jul 2024

La muerte de John Maxwell Fells


«Creo, porque me asusta

 menos la muerte

que la nada»

Francisco Barado, Coloquio entre el Ser y la Muerte

 


La epistemología señala que es menos importante saber, que saber que se sabe. Me pregunto entonces: ¿puede la consciencia afirmar la inconsciencia? Dormir, por ejemplo, inhabilita y nos obliga a examinar los sueños desde la vigilia; quien sueña con el rojo ignora que ese color es únicamente un recuerdo. Esta es la máxima refutación de Artemidoro, de los 12 papiros egipcios sobre el sueño, del estudio onírico de Broms, de todos los magos, monjes y fumadores de opio, del sueño de Jacob, y de Aristóteles y Demócrito. Es también el mayor obstáculo del coraje, porque no todos regresan del sueño; aquellos que lo consiguen no vuelven siendo más sabios.

El quince de octubre de 1953, murió John Maxwell Fells a los 99 años de edad. Murió ciego, postrado y solo, en la habitación 387 de la Residencia Helvade. El cuerpo fue descubierto casi por azar ocho días después, cuando una falla en la cañería principal inundó las habitaciones adyacentes, provocando una inspección total de las instalaciones. Para evitar el escándalo, se adulteraron los informes y se sobornó al personal; el tema se zanjó y Maxwell Fells pasó al olvido. Junto a él se encontró una versión en alemán de “Vidas paralelas” de Plutarco, la cuarta edición de “El corsario” de Kipling, y diluido en el agua, indescifrable, el manual de sexo árabe traducido por Burton.

Todos saben que las noches son largas, pero nadie sabe del milagro caótico que experimentó Maxwell antes de morir.

Luego de cuatro años de silencio, frío y oscuridad, vio —con los ojos cerrados— un incoherente punto de luz. Del punto emanó un rayo; del rayo surgió una delgada superficie, y esta se colmó en anchura y profundidad, consolidándose como un espacio. Todo era blanco, y lo blanco tenía la magnitud del universo. Para Maxwell, era el Universo. No lo inquietó el vacío, porque el espacio es la medida de los cuerpos, y el suyo era infinito precisamente para albergar infinitos cuerpos en él.






Yo, de Jorge Luis Borges

       La calavera, el corazón secreto, los caminos de sangre que no veo, los túneles del sueño, ese Proteo, las vísceras, la nuca, el esque...